RELATO// “Al ritmo de dos latidos” por Mari Paz Cortés

Relato ganador del primer premio en el XXIV Certamen Literario “8 de marzo”, organizado por la Asociación de Mujeres “Despertar Femenino” de Porcuna

-Pla, pla, pla, pla. Es el ritmo del paso de mis tacones. Unísono, incesante, incandescente. Quisiera saltar de tres en tres las rayas del paso de peatones para así llegar cuanto antes a mi destino. Pero de este modo siento que al menos proyecto en los edificios inertes de la ciudad la seguridad que se quedó en la puerta del bar donde me despedí de Alicia. Digo seguridad, cuando realmente quiero decir integridad.

-Tac, tac, tac, tac. Es el ritmo de los latidos de mi corazón. Tan solo han pasado cuatro minutos desde que dije mis últimas palabras. Por favor, que no lo sean, pienso. Avísame cuando llegues a casa, le dije. Ni siquiera son las 12 de la noche, esa hora a la que nos enseñaron que cada Cenicienta debía estar en casa. La avenida parece hacerse más larga a cada paso que doy, el tiempo pasa lento y mi corazón late más rápido de lo que ya lo hacen mis pasos. Estoy nerviosa pero no puedo dejar de pensar en ella. Digo ella, cuando realmente quiero decir ellas.

Yo, nosotras, ellas, que donde dije digo, decimos miedo. Que hacemos de cada vuelta a casa una auténtica revolución, una patética revelación de la sociedad que nos persigue cada noche al volver a nuestro hogar. Qué ligeros van mis pasos, qué fluidos mis pensamientos, pero qué lento este camino y cuántos obstáculos que me impiden gritar al mundo que quiero dejar de apretar las llaves contra la palma de mi mano. Porque ya me sangran los dedos y me duelen los miedos si soy incapaz de sentirme libre y segura en un lugar que es tan tuyo como mío: la calle.

Ten cuidado, no vuelvas sola, no confíes en nadie. Otra vez me lo ha vuelto a decir mi madre y aunque a veces pienso que es una pesada, la realidad es que sabe de lo que habla. Sé de lo que habla. Tengo la esperanza de que si algún día soy madre haya otros cuentos que contarle a mis hijos y a mis hijas. Me gustaría no tener que hablar de caperucitas rojas que son perseguidas por lobos que juzgan su aspecto, que no tengan que conocer a bestias que la secuestran entre unas cuatro paredes en nombre del amor, que la hora de vuelta a casa sea porque está cansada de bailar con sus amigas. Me gustaría poder contar esos mismos cuentos a mis hijos y decirle que quizá tengan que actuar de otra forma cuando van por la calle y ven que una chica se cambia de acera.

Por fin. Relajo mi mano para poder coger las llaves que ya se habían quedado encajadas entre mis dedos. Suenan en el silencio del portal de mi bloque. No sé si están vibrando o ellas también tiemblan. Voy subiendo peldaño a peldaño los escalones mientras doy calma a cada uno de los pensamientos que me ataladraban el cerebro durante el camino. Cojo mi móvil: Alicia, ya en casa. Dime algo en cuanto llegues. Alicia está en línea. Escribiendo… Escribiendo… En línea. Última hora de conexión: 23:57. Maldita sea, contesta por favor, amiga. Grabando audio… Perdón, Ángela, me estaba quitando los tacones que ya no podía más… Estoy en casa, ¡sana y salva! ☺ Voy a ver un capítulo de “Las Chicas del Cable”, ¡y a dormir!

Yo tampoco puedo más, pienso. Es el último suspiro de la noche y no precisamente por los tres pisos que he tenido que subir andando. Vuelvo a coger las llaves, abro la puerta y entro. Suena un estruendo que se escucha en todo el bloque. Soy yo, que he decidido dar un portazo. Un portazo a mis miedos, a los de Alicia, a los de mi madre que es incapaz de dormir hasta que yo no me ve entrar por la puerta. Un portazo a los miedos que sienten cada una de las chicas de mi generación al volver a casa ya venga de una biblioteca o de una discoteca. Al que sintió mi madre cuando volvía del taller de costura y al que sintió mi abuela cuando regresaba de noche andando del campo.

Es hora de que mis llaves no tiemblen, sino de que vibren. Que lo haga yo y cada una de nosotras cuando cerramos la puerta de casa para salir a la calle, para salir al mundo, para comérnoslo. Si hoy siguen resonando en nuestras mentes cada una de las veces que se nos dijo ten cuidado, no vuelvas sola, no confíes en nadie, es porque el miedo de nuestras madres a que alguien asalte nuestra integridad no es más que el reflejo de cada una de nosotras perdiendo el miedo. Vamos a convertir ese miedo en rabia.

Hoy es el primer día del resto de mi vida. Hoy ya no hay ruido en mis pensamientos porque el ritmo de los latidos de mi corazón se convierte en música, en un canto a la alegría, en un himno a la libertad, en un grito a la rebeldía… Hoy mis llaves ya no tiemblan porque juntas hemos cerrado esta puerta.

 

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