“BESOS, ABRAZOS Y CORONAVIRUS”, un artículo de Alberto Puig y Sergio Moreno

En esta etapa de tránsito hacia la nueva normalidad la sensación colectiva es de resignada aceptación de la incertidumbre ante un rebrote de la enfermedad. Bajo el mantra de que cualquiera en cualquier momento puede ser un peligroso “contagiador” se nos prescriben hábitos claramente contraculturales: el mantenimiento de las distancias sociales y el uso generalizado de adminículos presumiblemente protectores tales como mascarillas y guantes.

Alberto Puig Higuera, experto salud ambiental urbana. Vicedecano Colegio Oficial Biólogos de Andalucía (2003-2019).

Sergio A. Fernández Moreno, experto en prevención riesgos y biología preventiva. Vocal Colegio Oficial Biólogos Andalucía.

 

Esta estrategia de diagnóstico, vigilancia y control que se presume es largoplacista se completa con protocolos de detección precoz y rastreo de infectados. Diríamos que este planteamiento de las autoridades sanitarias es de amplísimo radio de acción, casi inabarcable, y que conlleva además ralentizar peligrosamente la recuperación económica y afectar a las bases biológicas de nuestra cultura del apego.

Los datos epidemiológicos manejados por la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica (RENAVE) del Centro Nacional de Epidemiología nos hablan de una enfermedad que manifiesta una letalidad/mortalidad muy baja en el tramo de edad conjunto de 0 a 69 años -lo cual es un aspecto epidemiológico esperanzador y positivo que apenas se cita-, aunque elevada en el resto de la población mayor de 70 años. Igualmente, y atención al dato, el 95% de los fallecidos, y el 80% de los hospitalizados, expresan factores previos de riesgo.

Estos rasgos epidemiológicos nos presentan entonces un virus no tan fiero, y aunque complejo de gestionar con llamativos puntos débiles por donde frenar su reaparición, sin tamaño desgaste social.

Siendo absolutamente prioritario proteger específica y especialmente a nuestros conciudadanos de mayor edad y con patologías de base, la primera y segunda oleada del macro estudio-encuesta de seroprevalencia revela que solo el 5,5% de la población ha sido afectada por el Sars-Cov-2 lo que, visto en positivo y con cautela, puede anticipar una transmisividad bastante menos eficiente y lenta de lo que los primeros estudios afirmaban.

Veamos otros datos extraídos de los últimos informes (nº 32 y nº33) de la RENAVE: la suma de dos segmentos poblacionales excluyentes, las personas de más de 70 años más el personal sanitario, alcanza en conjunto el 60% del

 

total de los infectados. El 30% de los infectados en edad laboral son trabajadores socio-sanitarios.

Esos datos apuntan con fuerza hacia la transmisión directa “garganta a garganta” pero además introducen un índice corrector nada desdeñable: el mecanismo acontece preferentemente en espacios cerrados, con proximidad continua y poca o deficiente ventilación. Condiciones ambientales propias de habitáculos hospitalarios, de residencias de mayores y de dormitorios domiciliarios.

Concuerda con el hecho contrario de que el virus al aire libre iría perdiendo aceleradamente capacidad infectividad y patogenicidad, pero sobre todo masa crítica infectiva (copias/m3), al estar en plena dispersión y dilución en el ambiente exterior.

El informe del grupo de análisis científico Instituto Salud Carlos III, sobre transmisión del Sarkrs-2 lo confirma: “… esposible latransmisiónaéreapor                                 aerosoles                    aunque                    de         forma                  restringida,                     no         en         espacios                     abiertos                     y principalmenteenentornossanitarios”.

Con toda esa información disponible regular por norma el uso generalizado de la mascarilla, o limitar o restringir actividades individuales o colectivas al aire libre, en un parque, en la playa… puede entenderse entonces como una decisión técnica-política en exceso inclinada hacia el plus de seguridad, una sobreactuación sanitaria que de aplicarse metódicamente pues quizás reduciría a la postre la llegada del virus a la población vulnerable. Pero solo quizás. Porque el manejo masivo e indiscriminado de mascarillas higiénicas por medio de centenares de millones de inconsciente gestos diarios hace muy difícil la mecánica pulcritud, y puede convertir la salvífica mascarilla -que no olvidemos es un utensilio pensado para labores profesionales-, en un apéndice banalizado, antihigiénico e inútil.

Si son las personas de riesgo, con patologías de base o mayor exposición las que deben capitalizar el grueso de nuestros desvelos ¿no será más eficiente y eficaz que pongamos a su disposición toda una completa, simultánea y sistemática batería de medidas de biología preventiva y protocolos específicos que les proteja ante un latigazo postrer de la enfermedad? La dispensación gratuita de mascarillas profesionales de alta eficacia, garantizar la renovación de aire en todo tipo de estancias y habitáculos, facilitar adoptar estilos de vida saludable que los alejen de ser considerados individuos de riesgo, controles personalizados en Atención Primaria, opción teletrabajo y conciliación familiar, protocolos de relación interpersonal y afectiva, priorizar las detecciones precoces mediante test, estudios de cribado, incrementar capacidad hospitalaria, mejorar investigación terapias clínicas, …

Hasta la llegada de la vacuna que no se prevé sea en breve, parece más lógico implantar ese manejo preventivo y sanitario “anti-Covid” al 15-20% de la

 

población, aquella que es de riesgo, que pretender implicar al 100% en una carrera de fondo, con medidas bienintencionadas aunque de eficacia azarosa y cumplimiento difuso que además no generan confianza sobre el presente y el futuro. El viejo adagio de “matar moscas a cañonazos”.

Debe imperar el sentido común pues el coronavirus no está en todas partes acechándonos. Si la ventilación natural hace altamente improbable el contagio al aire libre y playas, y la renovación forzada o natural lo dificulta en edificios, oficinas o aulas, deberíamos asistir a otras fórmulas que suavicen en algo la distancia social. Un escenario donde al menos los besos y abrazos afectuosos, aunque sean fugaces, estén exentos de reproche normativo. Distancia sí, pero sentido común y afecto físico también.

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